Te capturó el mar y te convirtió en olas.
Te conquistó, como conquista un Mediterráneo a una Atlántica.
Te hiciste sal y huiste en el recóndito mareo del horizonte húmedo.
El mar se mimetizó en tus brazos, o quizás te diluiste al punto de hacerte agua (?).
Te conquistó de la forma hipnótica que lo caracteriza, dejando que elijas sin más opción que lanzarte a lo profundo.
Como si de Ícaro se tratase, te hiciste del mar y te marcó con su vaivén inquebrantable.
Te capturó el mar y le prometiste el cielo.
Perteneces a su ciclo, eres otra de sus lunas, no puedes irte más que por un momento.
Así de mágico y mitológico, te sentiste libre de adversidad y te sumergiste en esa última realidad constante, la de la eterna profundidad y constancia de la superficie.
Te hiciste del mar y volviste a él, a ese retorno infinito.
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