Todo el camino miró a través de la ventanilla las líneas incesantes y los vaivenes de la amalgama entre naturaleza y humanidad que avanzaban difusos ante sus ojos refulgentes. No pensaba en nada puntual y, aún así, su cerebro rumiante encadenaba uno tras otro pensamientos y recuerdos de 6 años atrás y de pocos minutos por llegar. No tenía sentimiento alguno, sólo observaba expectante y nerviosa el paso del tiempo y el espacio. No hubo otro tren en su vida que signifique tanto y que recuerde tan poco. No supo cuándo llegó a destino, no registró ni un rostro, incluso el paisaje que observó quedó olvidado. Sentía que llegaba tarde pero llegó temprano y con un leve temblor en las piernas caminó lentamente hacia un banco y decidió no levantar la vista del suelo, no pensar, no soñar, sólo esperar, no podía observar su llegada, no se atrevía a verlo caminar a lo lejos. Los minutos pasaban lento, se sentía una eternidad, imaginó todos los escenarios posibles, temió todas las posibilidades...
Todos los días se tratan de lo mismo: un amanecer y un atardecer. ¿Y por qué perder el tiempo? Lo hago por placer ♥