He visto pocas ciudades así de grises. Edificios opacos y calles oscuras rodean el centro histórico donde turistas y citadinos se cruzan entre sobretodos y cámaras fotográficas, palomas que sobrevuelan entre la muchedumbre y un halo blanco de niebla tardía que pulula unos metros sobre sus cabezas. Milán es una ciudad gris y desolada. Incluso con sus más de 3mil millones habitantes y 900mil turistas diarios se encuentra en un estado constante de soledad y abandono humano. Cada esquina da un giro a una energía de silencio que ensordece y de soledad que abruma. La niebla predomina. Nunca viví un invierno tan largo. Y soy de quienes aman el frío en el rostro y disfrutan de tardes lluviosas, húmedas, de abrigos y sombreros, de cafeterías y bebidas blancas. Pero el invierno de la capital económica se torna eterno y anodino. Ni todo el diseño de autor, las operaciones estéticas, el maquillaje y la depilación unisex en extremo, los puestos de trabajo opulentos, los sacos de piel y los diamante...