Cómo podría hacerle comprender que no puede ser luz cuando prevalece en lo más profundo de su alma una oscuridad latente y expectante. No podría mesurar la inexacta permanencia de esa nube de humores que no le permiten asomar a la ventana y ni por un atisbo de fortuna sonreírle al reflejo que le devuelve. Ella no podría leer entre líneas esa pesadumbre que lo envuelve y descifrar la tristeza que lo abraza ciertas ocasiones y que lo deja taciturno entre almohadas, sin hambre, sin sed, sin sueños.
Y es por eso que ignora sus llamadas y desaparece por días sin explicaciones. No sabría por dónde desenredar esa historia, por dónde comenzar a relatar la tormentosa memoria que opaca sus horas. Simplemente decide esperar a que vuelva la luz, espontánea y deliberadamente una mañana y recoger el teléfono dispuesto a ofrecer una perfecta excusa vestida de anécdota curiosa y con algo de fortuna ella elegirá creerle y aceptar el reencuentro.
Entre tanto, navegará esas aguas oscuras y rezará, aunque no sabe bien cómo, rogando a quién sabe cuál ser superior para que los pulmones cesen de demandar un oxígeno adicional que no tiene y el corazón deje de latir como si de un intento de fuga de su pecho se tratara.
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