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Un hombre en la penumbra (I)

De tanto en tanto se asoma a la ventana, observa el paisaje y permite, como pocas veces, que sus pensamientos fluyan libremente. Y se sorprende y suele detenerse a pensar en las formas en que la vida le ha ido dejando heridas imborrables. Cómo a medida que pasan los años una a una se van sumando y cada vez más cosas lo conectan con ese pasado. 


Piensa que vivir sumando los años es un error. En realidad, afirma para sí que los seres humanos llegan a este mundo con la vida al 100%, con el corazón entero y los años van descontando. Van restando.


Le sorprende cómo cada vez son más las experiencias que duelen. Cómo, cuando hace memoria, cada vez más recuerdos desatan lágrimas. No de forma pesimista ni con mirada depresiva, siempre consciente de que también se suma y se aprende. Pero de cualquier forma no deja de sorprenderle.


Se mira el cuerpo como un reflejo del alma y observa las marcas, el desgaste, el cansancio. Siente el camino recorrido, las lágrimas derramadas, siente las huellas de los acontecimientos vividos y se nota gastado. No de forma pesimista ni con mirada depresiva. 


Sabe que hubo mucho de bueno, mucho aprendizaje. Y con suerte quedará mucho más aún por recorrer, vivir, reír y disfrutar. Y también, es garantía, también habrá mucho más por qué llorar.


Solo eso. Se sorprende. Piensa que es, en perspectiva, poético y atemorizante.


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