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Biografía del sin sentir

Y un día los satélites se desorbitaron e iniciaron un viaje, sin retorno aparente, con rumbo fijo al infinito, conectaron con galaxias desconocidas y entablaron comunicaciones aún más allá del más allá. En la Tierra, las redes sociales acusaron conexiones perdidas y actualizaciones del pasado y millones de celulares experimentaron por primera vez en décadas el frío ante la ausencia de contacto. Ese día, las televisiones planas se convirtieron en cuadros minimalistas para una vanguardia obnubilada y los abuelos escondieron las preciadas radios de pila, temiendo un arrebato.


Millones de seres humanos alzaron las miradas y se encontraron cara a cara ante el incordio del aburrimiento y la falta de creatividad. Alguien consiguió unas hojas en blanco de un apunte de algún graduado-casi jubilado y con un par de lápices y biromes se dio inicio a una contienda de tuti-fruti que fue más disruptiva que muchas de las tecnologías que se inventaron en los últimos años. Alguno, en claro gesto autómata, quiso buscar un animal con la letra N en el navegador (un paralelismo de cuando se corta la corriente eléctrica y se hace el gesto de apagar la luz al salir de un cuarto) y las risas despertaron emociones olvidadas de tiempos de juegos de mesa y reuniones espontáneas.


Los mayores tomaron protagonismo y repitieron incontables veces las anécdotas de los tiempos sin internet y alguien caminó a paso presuroso a revolver entre cajones abandonados hasta dar con unos dados para iniciar una contienda de generala. Mientras, los más optimistas -o tal vez los más obstinados-, aseguraron que sólo se trataría, como mucho, de un par de horas.


Para la hora de cenar, muchos aparatos ya se habían apagado a causa de falta de batería, sin sentido de carga, y los que permanecían encendidos ya habían sido abandonados en un costado mientras las conversaciones transcurrían intermitentemente, fluctuando entre momentos de gran algarabía y largos y penosos silencios en los que ya no se podía excusar la incertidumbre bajando la vista a una pantalla… las miradas se reencontraron y se sintieron incómodas e inquietas y el aburrimiento tomó las riendas. Cayó la noche y pernoctar fue la opción más esperanzadora. 


Y el amanecer dio inicio a una jornada de extraña desconexión emocional. Los malhumores se hicieron presentes y multitudinarios y dominaron la escena por largas y tediosas horas. Una persona se enojó porque no podía actualizar su feed y otra hizo su parte al percatarse de que no podría acceder a la última temporada de su serie favorita. Algunos decidieron probar las recetas plasmadas en un libro viejo de cocina abandonado en un cajón, otros optaron por quitar el polvo a las estanterías y revivir las aventuras olvidadas de los libros en papel. Hubo quien sugirió enviar cartas para notificar a los lejanos del “minuto a minuto”. Los más optimistas -o tal vez los más obstinados-, aseguraron que sólo se trataría, como mucho, de un par de horas.


Y un tercer crepúsculo se abrió paso. Al momento del desayuno la cocina se vio invadida de conversaciones sobre recuerdos, nostalgias y emociones. Dos personas se observaron de reojo y entendieron sin hablarse lo que pensaban. Alguien le rozó la mano a alguien, y se sintió grato. La muchacha de las redes dejó guardado el maquillaje y se calzó la joggineta que siempre le había parecido la opción más cómoda, y percibió cómo disfrutaba de saberse ajena a la opinión virtual. El niño ansioso observó detenidamente el avance de las hormigas hacia su ecosistema y descubrió que más allá de los lapachos hay un sendero de piedras que lleva al río. Un abuelo repitió la misma anécdota del día previo y todos escucharon atentamente. En algún sitio alguien desempolvó una hamaca tejida y percibió cómo la soledad y el silencio le permitían ordenar mejor sus pensamientos. Incluso descubrió tantos pájaros como aromas que hasta entonces desconocía. 

Entre tanto, los más optimistas -o tal vez los más obstinados-, aseguraron que sólo se trataría, como mucho, de un par de horas.


Y al cuarto día, los satélites regresaron sin explicación alguna y devolvieron a la Tierra la rutina. Las discusiones sobre la prioridad de recarga de baterías se instaló a cada toma de corriente y a medida que recuperaban las conexiones inició una frenética marcha de transmisiones y registros documentales. Un jovencito lloró desconsoladamente porque no recibía los likes deseados y las reuniones virtuales inundaron las agendas. Un monólogo de conversaciones indistinguibles se apoderó de cada espacio y sin siquiera despedirse cada ser viviente corrió a retomar sus actividades. Para la hora de la cena, el streaming se apoderó de los pocos que compartieron la mesa y alguien le pidió al abuelo que se calle aduciendo que ya conocía dicha historia.


Los más optimistas -o tal vez los más obstinados-, aseguraron que sólo se trataría, como mucho, de un par de horas.


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