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BOLOGNA

La Bologna que conocí es una ciudad de anaranjados, ocres, amarillos, beige. De amplios espacios, calles anchas, edificios con decenas de detalles, grandes, llamativos. Diversa en el sentido que se la piense (aunque sea tan subjetivo que carezca de sentido). 

Me crucé una feria de antigüedades y soñé despierta con esa ciudad de décadas atrás. Frascos de perfume miniatura, de esos que coleccionaba mi hermana, libros miniatura, relojes intactos sin funcionar. Encontré una mesa con cascos, escafandras y calzado de guerra, o de expediciones marinas, quizás. 

Siempre me quedo con la sensación de que debí haber preguntado más. Tengo la curiosidad (o la personalidad) de un gato: soy curiosa pero solitaria, me gusta observar, crear imaginarios, armar relatos mágicos, tocar un poco y alejarme sin hablar... Podría inferir que el idioma tiene gran injerencia, pero lo dudo, hablo un itañol perfecto.

En fin, Bologna tiene el color de toda ciudad de universidades. Esa energía del vaivén de lenguas, sonidos, edades, cultura, aventura y tradición. 

Incluso si suena complejo es simple, como la pizza.

Italia, Bologna, 2024 

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#10

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