Nápoles es indescriptible. Tantos colores, olores, sabores, formas, sonidos... es todo lo que uno puede imaginar y a la vez no es nada de lo que puedas imaginar. Llegas a Nápoles y todo te sorprende, impacta, asusta y alegra... los citadinos son enérgicos, de carácter fuerte y temeroso. Parecen serios y antipáticos, por momentos de mal carácter o enojados, pero aman hablarte de su ciudad, de Maradona y el calcio, de la pizza frita, la Margherita y de Argentina.
En esta ciudad casi que no se madruga, se discute todo y se come fuerte. Cruzar la calle es un deporte de riesgo pero si esperas a que frenen para cederte el paso no avanzas más, en minutos aprendes que el tráfico no para si no lo frenas lanzándote con actitud segura y paso apresurado al mar de motos, autos y buses. Lograrlo se siente un triunfo.
La variopinta tiene tanto que es imposible elegir. Ni qué decir de ponerle un adjetivo. No sabré decir si me ha gustado o no, ha sido fantástica y apabullante en iguales proporciones. No apta para ansiosos, el ruido y el movimiento sin fin podrían volver loco a unos cuantos. Sin embargo, la despido con una sensación agridulce que se comparte entre el deseo de conocer más y mejor y la necesidad de descansar del bullicio y del movimiento constante. Nápoles es energía pura. Sin más.

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