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LA ANODINA DE EUROPA

He visto pocas ciudades así de grises. Edificios opacos y calles oscuras rodean el centro histórico donde turistas y citadinos se cruzan entre sobretodos y cámaras fotográficas, palomas que sobrevuelan entre la muchedumbre y un halo blanco de niebla tardía que pulula unos metros sobre sus cabezas.

Milán es una ciudad gris y desolada. Incluso con sus más de 3mil millones habitantes y 900mil turistas diarios se encuentra en un estado constante de soledad y abandono humano. Cada esquina da un giro a una energía de silencio que ensordece y de soledad que abruma.

La niebla predomina. Nunca viví un invierno tan largo. Y soy de quienes aman el frío en el rostro y disfrutan de tardes lluviosas, húmedas, de abrigos y sombreros, de cafeterías y bebidas blancas. Pero el invierno de la capital económica se torna eterno y anodino. Ni todo el diseño de autor, las operaciones estéticas, el maquillaje y la depilación unisex en extremo, los puestos de trabajo opulentos, los sacos de piel y los diamantes extraordinarios... ni todos los colores sobrepuestos de modo forzado en fachadas comerciales que ostentan una felicidad siempre ajena a quien quiera que las vea, pueden mutar esa energía gris y casi obscena. 

El sol se rehúsa a asomarse tras las nubes que cierran toda posibilidad. Y esto se sostiene por meses. Meses de oscuridad y niebla, de pocos colores y abrigos desgastados y opacos. El movimiento es constante. Un caminar incesante plaga cada espacio de la ciudad. Negocios y aventuras fashionistas en cada calle. El arte asoma en sus formas más elitistas y estilizadas; con mucho esfuerzo se puede apreciar la belleza de lo auténtico y espontáneo cuando todo el esnobismo cultural logra hacerse a un lado. En el fondo, muy por detrás de las pantallas de esta metrópoli pop cuasi mundana, es posible admirar la belleza de sitios que albergan historia y, apenas, un poco de naturaleza.

Esta anodina de Europa no me ha conquistado. Nunca estuvo en mi radar, nunca consideré conocerla. La vida y algunas decisiones no tan acertadas la cruzaron en mi camino. No la elegiría y no regresaría. 

Nunca un invierno fue tan largo. Puedo empatizar con quienes la habitan porque es casi imposible no caer en sus garras grises, ególatras y materialistas. Creo que para quienes esperan de la vida algo más que lujos y encuentros superficiales la vida en la anodina puede ser asfixiante y deprimente. No la elijo y no la aconsejo. 

Pero si vives en Milan y te sientes a gusto, creo que no podrás vivir en otra ciudad en el mundo. Es para pocos (lo que para cada cual eso signifique).

Italia, Milán, 2023




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