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CAFÉ DE OTOÑO

Y un día dejamos de hablarnos. Los relatos de las horas diurnas durmieron silenciosos entre sábanas nocturnas. El segundero comenzó a aturdirnos y decidimos que ya no necesitábamos medir el tiempo. La cocina nunca antes estuvo tan limpia.

Dejamos de compartirnos historias. Vos con tus deportes, yo en mi lectura. Me perdí la final más importante de tu año y te dormiste antes de que pudiera leerte el último párrafo. 

Se estrenó la película que prometimos ver juntos y como autómatas nos dimos la mano al caminar desde el auto hasta el cine. Jamás dos butacas contiguas estuvieron tan distantes. Compartimos algunas sonrisas y nos perdimos en la pantalla sin observarnos.

Llovió un domingo y el aroma del café no fue suficiente para convencerte de salir del cuarto. Dejé que se enfriara (si, dejé que se enfriara, y no se trata del café). Me dormí en el sillón mirando por la ventana y desperté con el frío de la madrugada. 

Algunas noches dudé si habías cambiado la cama (o quizas nos encogimos?). Me pregunté si también sentías frío. Soñé que te abrazaba y sonreí dormida. Me dijiste que ya no soñabas. Te dije que quería que lo hagas. 

Entonces un día nos despedimos. No hubo lágrimas, sólo silencio. No volteé a verte. No viniste a detenerme. 

Y una tarde perdí tu llamada y te dejé un mensaje... aún no se si lo escuchaste. Borré tu número y cambiaste de barrio. Y la ciudad pareció crecer en dimensiones desproporcionadas. Los mismos sitios, las mismas calles, y solo caras desconocidas.

Reconozco que los espacios que frecuentabamos ya no nos pertenecen. Sonrío a tu recuerdo y saludo a la nostalgia. 

Se aproxima una tormenta, voy por un café.

Pescara, Italia, 2024


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