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De espejos o muros

Al ingresar todo parece ingenuo, simple, instintivo. Se trata, básicamente, de dar el primer paso y luego, uno tras otro, ir recorriendo cada zig zag, cada esquina, jugando un poco con el instinto, otro poco la intuición y, por qué no, con la suerte. ¿Es posible adivinar hacia dónde hay que dirigirse? Cuando te encuentras con el primer desvío, ¿hacia dónde tomar? La elección del destino, el camino que te llevará a la salida. ¿Izquierda o derecha? 


Miras hacia el cielo intentando adivinar cuál es el norte. Y tomas la primera decisión y con ella un nuevo recorrido. Los primeros pasos son temerosos, miras hacia atrás preguntándote si quizás era el otro camino. Aún estás a tiempo de regresar y corregir el error (o cometerlo). Nada te indica cuál es el correcto. Nadie puede elegir por vos, es tu decisión, es tu recorrido. Entonces continúas, porque crees que dudar y retroceder no deben ser opciones. Decides que la primera elección es el destino.


Ya más adelante una flecha te indica que debes continuar; pero hay una bifurcación. Salir del camino lógico puede ser un gran riesgo. No es lo esperado, no es lo que la flecha indica. Y si la flecha te señala el camino, ¿por qué vas a desconfiar? ¿Cómo puede ser que no sea así? Entonces sigues derecho y aceptas que la flecha digite los siguientes pasos. La decisión ha sido más ligera, se siente sencillo aceptar la indicación externa. De todas formas, todo parece indicar que estás yendo bien. 


El camino comienza a curvarse, primero una curva hacia la derecha y luego una muy pronunciada hacia la izquierda. Ya no es un camino recto. Pero te convences de que si se pone difícil es que vas bien, ¿quién seguiría por un camino sinuoso si no lo lleva a un destino correcto? Tomas la curva pronunciada, aceleras el paso, quizás ya estás cerca de la meta, tomas envión y te encuentras con una pared que ya no te permite avanzar. Al fondo, una señal roja te avisa que hasta aquí llegaste. ¿Lo lograste? Por un instante lo dudas y te preguntas. Pero sigues ahí metido, no hay campos, no hay flores, no hay libertad. Sigues en ese sinfín de murallas que te condicionan a ir siempre hacia un destino desconocido y que no te permiten quedarte allí sin más. 


Así es como descubres que ese no era el camino. Y, con un amargor en la boca, también es en ese momento cuando entiendes que no todo lo que te dice “si! es por ahí!” siempre es certero. Que no todos dicen la verdad. La flecha mentía. Ahora sabes que debes avanzar con cautela.


Regresas sobre tus pasos hasta la bifurcación y decides tomar ese nuevo camino. Avanzas un poco temeroso y pensando si quizás desde el primer momento, en la primera elección, elegiste el camino incorrecto y todo este recorrido es en vano. Un poco comienzas a temer no poder llegar jamás. Pero continúas avanzando, porque, recuerdas, no está permitido detenerse aquí. Y, luego de unos cuantos pasos, nuevamente una división y una decisión. En esta ocasión tienes tres opciones: en la primera, nuevamente la flecha que te dice que es por allí. Pero ya creíste una vez, conoces ese juego, esta vez no vas a creer (aunque dudas porque no siempre todos te quieren engañar… pero, como dice el refrán, “el que se quema con leche…”). Entonces está la opción número dos, la del medio. Esta no dice nada, tampoco se ve nada porque a poca distancia hay otra bifurcación y no logras divisar qué hay más allá. En la tercera opción el camino se observa largo y derecho, sin sorpresas, sin engaños, sin decisiones. Eliges esa.


Avanzas confiado, sin temores, sin grandes cambios. Luego de un tiempo, que se ha sentido bastante largo, comienzas a dudar y preguntarte si esto te llevará a algún lado. Llegas a una esquina y el camino dobla repentinamente hacia la izquierda. Incluso aquí todo es sencillo, no tienes que decidir, sólo avanzar. A pocos metros, una nueva esquina, nuevamente hacia la izquierda. Avanzas confiado pero expectante. Giras y te encuentras nuevamente una pared. Tu frustración, a este punto, llega al máximo. Te comienzas a preguntar sobre todas las decisiones pasadas, dudas del primer momento. Quieres abandonar todo y romper las reglas del juego que, como ya bien sabes, te indican que no puedes frenar. Golpeas el muro, intentas derribarlo primero, empujarlo luego y adivinar la forma de atravesarlo finalmente. Nada funciona. El muro está allí y no se moverá. El que debe moverse sos vos.


Entonces, con un claro sentimiento de resignación, te vuelves nuevamente sobre tus pasos, doblas dos veces a la derecha, caminas nuevamente ese largo recorrido, que ahora parece más largo y tedioso, y llegas a la bifurcación.


Vuelves a mirar hacia el cielo, casi como en una súplica milagrosa observas las nubes y pides una señal. Bajas la vista porque tus ojos mojados no te permiten ver más nada. Respiras. Porque por esas grandiosas cosas de la vida, respirar es un gesto impensado e instintivamente nos llenamos los pulmones y sabemos que cuando soltamos, limpiamos. Respiras otra vez y continúas. No hay señales. Sos vos y el camino.


Entonces eliges la segunda entrada. Esa que no te permite ver qué hay más allá. Esa que parece un retorno sin sentido. Avanzas un poco, arrastrando los pies. Ya no crees en la suerte y tampoco en tu fortaleza. Has perdido dos batallas, ¿por qué esta sería diferente?


La bifurcación resulta ser un simple giro que da continuidad al mismo camino. Varias curvas. Y otra flecha. Te frenas y la observas. La detestas. Otra mentirosa. Otra embustera. Te preguntas si así  será siempre. Ya no sientes energía para volver al principio de todo, así que continuas. Y sigues doblando y girando hasta que encuentras una nueva pared, de frente. No lo puedes creer, aunque tampoco te sorprendes. Vuelves a mirar hacia el cielo, esta vez con tanta frustración que no esperas nada más que ver el cielo. Y cuando bajas la vista, allí en el suelo, un cartel que te dice que debes avanzar: no olvides que las reglas indican que no puedes detenerte. Entonces avanzas, un paso tras otro hasta esa pared que sabes que no se moverá, porque los muros no se corren solos. Y ya casi tocándola se abre ante tus ojos un nuevo camino: ese muro era una nueva esquina, muy bien escondida. Y tras ese giro a la derecha, logras divisar un fondo de verdes y colores. 


Tus ojos no dan crédito. No quieres ilusionarte, te conservas expectante. Avanzas lento, aunque tus pies te piden correr. Pero aprendiste a ser cauteloso. Así que avanzas lento aunque cada vez con paso más seguro. Y allí lo ves, el destino. Allí está la preciada libertad. Y una vez que arribas, te giras sobre tu cuerpo y observas el recorrido: parecía más largo desde dentro. 


Entonces te tomas unos minutos -porque ahora descubres que sí está permitido frenar (¿quién te dijo lo contrario?)- y concluyes que no todas las flechas mienten (sabes bien que no solo se trata de flechas), que no siempre se trata de suerte (pero a veces toca un poco), que no todas las señales llegan cuando las pedimos (pero si cuando las necesitamos), que elegir es una constante y que equivocarse es parte del camino y que, incluso cuando nos desmoronamos, podemos volver sobre nuestros pasos y dar un nuevo inicio. Es la norma básica de los laberintos. ¿O qué creías?


Milazzo, Italia, 2024



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