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El último tren a Morges

Todo el camino miró a través de la ventanilla las líneas incesantes y los vaivenes de la amalgama entre naturaleza y humanidad que avanzaban difusos ante sus ojos refulgentes. No pensaba en nada puntual y, aún así, su cerebro rumiante encadenaba uno tras otro pensamientos y recuerdos de 6 años atrás y de pocos minutos por llegar. No tenía sentimiento alguno, sólo observaba expectante y nerviosa el paso del tiempo y el espacio. 

No hubo otro tren en su vida que signifique tanto y que recuerde tan poco. No supo cuándo llegó a destino, no registró ni un rostro, incluso el paisaje que observó quedó olvidado. Sentía que llegaba tarde pero llegó temprano y con un leve temblor en las piernas caminó lentamente hacia un banco y decidió no levantar la vista del suelo, no pensar, no soñar, sólo esperar, no podía observar su llegada, no se atrevía a verlo caminar a lo lejos.


Los minutos pasaban lento, se sentía una eternidad, imaginó todos los escenarios posibles, temió todas las posibilidades, soñó tantos posibles saludos, imaginó tantas desesperanzas… Fueron 15 o 20 minutos tal vez, pero bastaron para crear decenas de universos compartidos. La llama estaba apagada transcurridos tantos años, no lo imaginó nunca. El momento del encuentro arribó sin dar lugar a prevenir ni ordenar. Simplemente llegó en un segundo y fue suficiente para que resurja el incendio y el recuerdo voraz e insaciable de aquel último día de lluvia que no bastó para convencerse de que había terminado. Vió el verde de la mirada auténtica y murió en el deseo de derrumbarse ante esos brazos, deseando y soñando nuevamente incansables futuros a su lado. 


Las horas vespertinas pasaron, el sol se escondía y todo transcurría nuevamente frente a un lago. Nuevamente rieron sin forzarlo ante una situación por completo simpática y azarosa. Todo se repitió como en un eco de la primera tarde: el primer atardecer y el último. Uno en invierno y el otro en verano. Palabras, sonidos, miradas, voces lejanas, risas, murmullos, mezclas de idiomas, mezcla de emociones…


No recuerda las líneas del paisaje ni las horas. Un tren de regreso, un silencio eterno, un segundo adiós más amargo que el primero. La conclusión a todo lo jugado, lo invertido, lo imaginado. El verano inició su ocaso y regresó el invierno. Un banco en algún lago se cubrió de hielo y con él la esperanza de un amor eterno. La llama volvió a consumirse. Una hoja ginkgo biloba inició su vuelo. Al final de cuentas su presentimiento era certero: llegaba tarde.


Ginebra, Suiza, 2017



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