Corría el verano de 1992, con mi hermana agotábamos las tardes de cielo limpio y celeste profundo entre turnos de hamaca, tortas de barro, manguera y lecturas. Aún todo era descampado en aquella época; sólo unas pocas casas entre tanto verde de campo, de matorrales, flores y bichitos variopintos. No éramos conscientes del tesoro que teníamos.
La escuela había concluido por ese año, ya no se sentía el rumor del transporte escolar ni de los niños corriendo a su encuentro. Ya no se secaban al sol los guardapolvos y los lápices de colores y los cuadernos escolares ya no estaban en la mesa. Solíamos correr e investigarlo todo en esos 80 generosos metros cuadrados de pasto, pinos y frutales.
Asomábamos los brazos tras el alambrado al patio del vecino estirando nuestros dedos con la tenacidad de cualquier niño y creábamos mundos eternos y soñados de flores de colores y formas indiscriminadas, donde hormigas voladoras, negras y coloradas, se paseaban atareadas con su carga en un desfile sin fin hacia un sitio desconocido. Un castillo, una madriguera, un fuerte, un profundo camino hacia secretos que jamás descubrimos.
Y de entre todas esas historias se manifestaba el inocente juego de conocer y aprehender cada cosa, la curiosidad sana de todo lo nuevo que asoma y que podíamos absorber para saciar esa sed de mundo. Y las mariposas siempre estaban allí, jugando con nosotras, entre nuestros rostros, rozándonos el cabello. Posándose de flor en flor, eligiendo y saboreando, con sus vivos colores y su polvo de magia que pintaba nuestras manos. Habíamos aprendido, o alguien nos había enseñado -no recuerdo-, a esperar pacientemente que descansaran sobre un pétalo con sus alas plegadas para sujetarlas e investigarlas más de cerca, conocerlas por completo. Desconocíamos que eso las dañaba, desconocíamos que ese polvo de estrellas que coloreaba nuestros dedos era su vida, su esencia, su aura…
El tiempo pasó, el verano se convirtió en otoño y dio lugar a un nuevo invierno. Y los años dejaron atrás los sonidos de la infancia trayendo consigo las aventuras y desventuras de un ciclo inevitable pero finito. Esas niñas que jugaban olvidaron las comidas imaginadas y los sueños de colores y encontraron nuevas inquietudes de un mundo que avanza por el sempiterno de la rutina y la insuficiencia. Y la hamaca quedó tiesa junto a un pino silencioso. Las flores continuaron su ciclo ajenas a la humanidad que las circundaba mientras que las mariposas seguían su ritmo de colores, polvos y aleteos.
Y un día, 30 años después, las recordé y quise encontrarlas, quise observarlas y aprehenderlas nuevamente. Ya no existía ese patio de juegos, ya no habían noches estrelladas de cálido ensueño; y las mariposas ya no estaban. De sus colores me queda el recuerdo, de sus escamas la memoria del tacto, de sus vuelos una imagen lejana en mi cerebro. Las mariposas se fueron. La niñez quedó atrás y con ella su magia de ensueño.
Hoy veo todo ese pasado y comprendo el contexto. Y me vuelvo consciente de ese encanto que la vida le obsequia a los niños que les permite crear mundos paralelos donde sólo es necesario un poco de imaginación y de libertad.
Éramos tan afortunadas y no lo sabíamos. Éramos verdaderamente libres y no lo sabíamos. Éramos genuinamente plenas y no lo sabíamos.
Éramos mariposas y nos perdimos.
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