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Viaje de ida

Nací con los ojos abiertos. 

Un día martes, bien temprano a la mañana, de 1986. Según el archivo histórico meteorológico, ese día la temperatura máxima superó los 32°. Nací un día de sol, sin nubes, con calor y con mucha curiosidad. Ese día alguien me trajo al mundo:  mi mamá. 

Si, se que me trajeron al mundo muchas otras personas como mi papá, el obstetra, las enfermeras y quizás algún enfermero… pero mi mamá se puso mi nacimiento a los hombros. Ella decidió que esperar no era lo suyo y pujó para que el parto llegue lo más pronto posible. Tanto así que en sala de espera asomé al mundo dispuesta a mirarlo desde el minuto uno; tanto así que enfermeras y obstetra tuvieron que improvisar una sala de partos y poner en práctica sus habilidades sin más que lo que tenían a mano. Y así es como mi madre, cual una leona sin miedos, sin tibiezas, siempre fuerte, siempre alerta, siempre a la delantera, me trajo a este plano. Desconozco a ciencia cierta si la historia transcurrió exactamente de esa manera, pero me gusta creer que así fue: mi mamá una guerrera y yo una pequeña aventurera con tanta curiosidad que abrí mis ojos sin dudar desde que fui recibida. 

No sé cuáles ni cuántos significados tiene esta situación para mi vida, elijo creer que mi mamá me obsequió en esos minutos un poco de su fortaleza y carácter y condimentó mi vida con un espíritu curioso y desfachatado que me acompañó mis primeros años de vida. Tal es así que, según sus palabras, pensaba que sería vedette o artista de un circo. Ya en la adultez, quizás en menor medida, esa curiosidad por conocer más, ir siempre un poco más allá, esa necesidad de ir al mundo, de ponerme a prueba constantemente, de salirme de mi zona de confort incontadas veces, creo que viene de esos primeros minutos en los que no tuve opción: tenía que llegar y tenía que aprender todo a mi paso, sin esperas.

Se con certeza que algunas de esas características no son las preferidas de mi madre. Se que preferiría que fuera menos desaprendida o quizás más tranquila; que eligiera un camino y allí me quedara, que no tuviera la necesidad de romper todo y volver a empezar una y otra vez. Que me quedara en casa, que me quedara en el hogar, que estuviera cerca. Aún así, ella me acompaña cada día, a cada paso. Reniega seguramente de mis ocurrencias innecesarias, de mis desequilibrios emocionales, de mi humor cambiante y mi rebeldía sin causa. Pero allí está, haciéndome fuerte todavía, regalándome optimismo y pensamiento crítico, dejándome elegir y calmando mis temores. Y es así que cada día la veo cuando me miro al espejo: mi sonrisa es como la suya, mi cabello se parece al de ella, la misma arruga en el entrecejo… 

Ignoro quién seré o dónde estaré en el futuro. Sólo deseo que ella siempre pueda decirme que va a estar todo bien, que siempre sabré resolver lo que se presente y que puedo regresar a sus brazos si siento que no puedo. 

Gracias ma por tu compañía y por enseñarme a ir de frente por la vida.

Unquillo. Córdoba. 1986.



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